22 jun. 2010

Hector Tizon - El hombre que llegó a un pueblo

Hoy, el discipulo trajo la novela "El hombre que llegó a un pueblo" de Hector Tizón. Esta novela corta fue la primera que el escritor escribió al volver del exilio en el año 1983. Tizón ha comentado sobre el libro que "es la historia de un hombre que se fuga de prisión y llega a un pueblo al que muchos años atrás el obispo le prometió un cura. Nadie duda que el cura va a llegar porque el obispo no puede mentir. Así que esperan. Veinte años. Y llega el fugitivo. Primero, el hombre no quiere saber nada con eso de hacer de cura. Pero después entiende que es la única manera de no volver a la cárcel y asume ese rol".

El autor nacido en 1929 en Yala, provincia de Jujuy fue abogado, periodista, diplomático y renunció en marzo de este año a su cargo de Juez de la Corte Suprema en su provincia ya que se jubiló. Su último libro es un primer volumen de memorias llamado El resplandor de la hoguera.

Ha viajado largamente por el mundo; como diplomático de 1958 a 1962, como exiliado de 1976 a 1982. Vivió en México, París, Milán y Madrid, pero "su lugar en el mundo", al que vuelve una y otra vez, es Yala, Jujuy. Su primer libro fue publicado en México en 1960, A un costado de los rieles. Parte de su obra, siempre fiel a sus raíces y su lugar de origen con sus mitos e historias, ha sido traducida al francés, inglés, ruso, polaco y alemán. A su actividad profesional como juez y escritor, le suma también el de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, "cargo" que le otorgara el gobierno francés recientemente.

Les dejamos el trailer del filme documental "Le Mot Just" que Soledad Liendo y Eduardo Montes-Bradley realizaron sobre el escritor. Este documental se encuentra disponible en formato DVD en http://www.amazon.com/Hector-Tizon-Ir...



Además un texto del autor sobre su lugar de residencia.

Héctor Tizón en Yala.

Hace ya muchos años, cuando yo era un niño, a Yala sólo se podía llegar por tren; en los prolongados veranos, que aquí van de noviembre a marzo, el estiaje de los ríos cortaba los caminos y nadie -hombre ni bestia- se atrevía a desafiar sus torrentes desmadrados y rugientes que a su paso, cuesta abajo arrastraban piedras, troncos muertos y árboles arrancados de cuajo. Yala entonces, un pueblo no más grande y numeroso que un par de familias, gozaba de autonomía, la gente moría longeva y era enterrada en el camposanto que entonces estaba junto a la antigua y pequeña iglesia. Contaba el pueblo con dos boliches ejemplares, un peluquero ambulante, un loco manso y patético como Job, dos ingleses, un húngaro, que enseñó en mi casa a fabricar embutidos de hígado de ganso, una bruja que había perdido la gracia y un lapidario, no de piedras preciosas ni de mármol, sino de cantos rodados y lajas.

Aquí puede decirse que he nacido y aquí estoy sintiendo cómo transcurre la vida. No ha cambiado mucho, salvo la velocidad, que ha muerto a las distancias. Aunque ahora ya hay muchos que no nos conocemos. Pero, en lo que importa, todo está como lo veían mis ojos cuando se deslumbraban con la luz y la oscuridad y las tormentas y las nubes amontonadas vagabundas en el cielo. Ya no está aquí la dulce voz de mi madre ni los silencios de mi padre. Ya no está "Madreselvas en flor" ni hay "Noches de ronda" en la victrola familiar. Pero sí están y seguramente estarán sus altas montañas verdes y sus bosques y sus lagunas, sus cielos surcados por bandadas de golondrinas y de loros que se turnaban en sus exilios y regresos, y apenas dejo que mis recuerdos escapen, escucho el gorgotear de aguas que se deslizan con indisciplina en el silencio, y casi siempre en mis paseos por los callejones de Yala, me cruzo con Hesíodo, con el Buen Ladrón, con la Celestina o Estebanillo González, con un campesino que fue tripulante del Pequod, con una mujer del coro griego con sus paños de luto, con un parroquiano de las tabernas de Chaucer, con un discípulo de Jesús. También veo a Shylock despachando harina al menudeo en su almacén y anotando ávidamente en las libretas de al fiado de sus clientes; a todos los habitantes de Fuenteovejuna, al cochero de un sueño de Quevedo, a Huckleberry Finn; veo el esplendor de una siesta en Typasa y una puesta de sol en Laponia; al Diablo de Fausto, pero jugando a la taba. Y escucho ladrar a los perros del porquero de Ulises. Me cuentan de una ciega que recuperó la vista al golpear la cabeza contra un poste, y de un peón ferroviario, que atormentado por los celos, balaceó la fotografía de su mujer. Escucho hablar de los ómnibus que llegan de La Quiaca y el eco de las palabras de aquellos que esperaban las naves de Sidón y Tiro o los bajeles vikings. Hay un rasgueo de guitarra común a Lorca, Santos Vega y Borges, y un paisaje de bruma y de verde que ya ha sido señalado por Baroja. Yo he llevado una canasta y compro vino y pan y vuelvo a comprobar que esa hambre y esa sed no hacen más que reflejar como en una sucesión de espejos el antiguo ritual. Y pienso, o siento -que es pensar con ganas- que el símbolo encarnado en Jesucristo, vida, pasión y muerte, no es más que la repetición de ese sueño soñado por el viejo Heráclito.

Todos en realidad, al cabo de los años, llevamos Yala en el fondo de nuestro corazón.

3 comentarios:

Maria Edith dijo...

Que inmensamente maravilloso!! este texto.
Que magnitud tiene Tizón , llega al alma.
No entiendo que le pasa a los argentinos que no reconocen que es el mejor escritor argentino.
Ni se acuerdan de mencionarlo para presidir la feria del libro.
Este es un problema cultural en serio.
Teniendo un Hector Tizón con su profundidad .

emilia novoa dijo...

Y Que nos recuerda por donde tenemos que empezar los argentinos para saber quienes somos.

Alberto K dijo...

El MOvimiento Historico Nacional debe nutrirse de nuestra realidad humana y de la tierra sin desentenderse de lo que en el mundo acontece.