18 jun. 2012

El escritor, el músico y el bar - Petula


Después de extrañas conversaciones con Juan Patmos, quién le aclara, quizá por perspicacia, que no está adentro del celular a través del cuál se conecta con su mundo, Petula escribe. "A las 12.54 lo mando, te lo juro", exclama. A las 13.05 y finalmente se cuela el adjunto entre los correos viejos. Aire. La crónica relata el show que brindaron Los Sucesores de la Bestia junto a Ultramandaco (Mendoza) en el CEC el último sábado. Más información: Petula también escribió una nouvelle, Darwin, y lo editó Tropofonia.


   



Por Petula

1- Una ola de frío polar recorre la ciudad, es el trailer de una nueva Era del Hielo por venir. Salvo por unos pocos Solitarios caminando rápido y cruzando calles en diagonal, no hemos visto peatones. Los autos están demasiado quietos a nuestro alrededor. En un momento hemos escuchado a lo lejos el ruido de un motor, luego una alarma, o quizás fuera al revés, primero la alarma; nos han parecido, dentro de esta noche del año 2012, una alucinación sonora. Nos aproximamos al río.



Nos identificamos, ingresamos en la locación. Gestión pública y privada se indiferencian dentro y a trabes de los espacios en las ciudades del siglo XXI; he oído por ahí que inclusive muchos de los Solitarios son empresas unipersonales en los que vida y negocios en ningún momento se distinguen. Mientras aguardamos el comienzo del recital, bebemos lúpulo y hablamos de bandas armadas disputándose territorios en la periferia, de imágenes en dos dimensiones demasiado reales surcando el planeta, del frío por venir.

Los Sucesores de la Bestia, bien podríamos ser todos nosotros. Sí, La Bestia ya emergió; fue hace algunos años; esta noche es post-apocalíptica. El futuro ya pasó, salimos por el otro lado del pasillo histórico y ahora estamos flotando en un espacio negro como el petróleo, extrañamente detenido, gélido; pasamos de largo y seguimos corriendo en el aire como el Coyote, cada vez con menos carga en las baterías. Todavía hay música, menos mal, pequeñas ráfagas de calor atravesando esta inmensa máquina de hielo quemante. El nombre de la banda que hemos venido a escuchar se nos presenta lleno de sentidos y presagios. ¿Cómo lo habrán elegido? Eso si no es que el nombre los eligió a ellos; a nosotros, porque a eso íbamos...

2- Comienza la primera banda; son canciones con un ronroneo punk en las guitarras, varias voces armonizando. Las mesas comienzan a poblarse. Todos estamos tranquilos y ordenados, el ambiente es calmo. Los músicos también se ven calmos, podrían ser diseñadores gráficos, o psicoanalistas, es decir, no parecen rockeros; tal vez sí. Nosotros seguimos con la bebida a base de lúpulo hasta que la vejiga nos direcciona al baño. Ahí, mientras nos perdemos en el blanco de los azulejos, una pequeña voz venida desde el bolsillo me llama. Preguntamos quien es, tratando de no entrar en pánico. Es el pequeño celular negro, está hablando con un tono robótico. Dice que se llama Juan y que, por supuesto, no está adentro del teléfono celular, sino que más bien ese pequeño dispositivo captó su frecuencia. Dice que me está hablando desde el pasado y desde el futuro, a la vez; dice que el viaja en el tiempo pero para los costados; dice que de todas formas no lo entenderíamos, o en todo caso tardaríamos demasiado (e innecesario) tiempo en entender eso. Le contestamos que tal vez se equivoque, que ya vimos más de un documental sobre la teoría de cuerdas en youtube, que sabemos que se trata de un tema acordes. La vocecita del celular me interrumpe con un chistido y me dice que me quede tranquilo y que disfrute del concierto, y concluye: de todas formas estamos todos escribiendo y leyendo el Apocalipsis, que se está por escribir y que ya fue escrito, jeje, y ahora andá sino te vas a perder la banda.

Salimos del baño con la certeza de haber ingresado en otro acorde de esa gigantesca guitarra que es el Universo (según la teoría de cuerdas un poco reformulada por el Doctor Hendrix, de la Universidad de Seattle, entre otros). Localicé la banana de Andy Warhol sobre la superficie de nuestra mesa; en un momento de los años 60, Andy debe haber percibido cierto grado de animalidad, de fuerza primitiva, en el rock que encarnaba la Velvet Undergraund, por eso su banana-portada. Pero los tiempos son otros. Suben a escena Los Sucesores de la Bestia. Para nosotros son novedad, no los habíamos escuchado antes, hasta este momento había sido sólo ese misterioso nombre: los que venían después, luego, de La Bestia. Los sonidos producidos por este grupo de personas también nos agradaron. Creímos reconocer esqueletos funk y soul, llenados con musculatura pospunk y recubiertos, por momentos, de una luminosa piel power pop. Esto nos lo dictó la vocecita del teléfono, que de pronto había comenzado a hablar, y a nadie parecía sorprenderle; así de relajados estábamos todos. ¿Pero cómo era posible que la diminuta voz de Juan atravesara las ondas eléctricas de las canciones de los que no siguen a la Bestia sino que la suceden como quien ensaya un nuevo renacer en acordes llenos de una intensidad nueva? Qué pregunta más larga. No estuvimos seguros si venía de nuestra sinapsis o si venía del celular en el bolsillo. A propósito, mi apellido es de Patmos, jeje, dijo ya saben quién. Rogamos porque se le terminara la carga.

Como todas las canciones eran nuevas para nosotros, una mezcla de curiosidad y expectación hicieron del paso de las bebidas de lúpulo a las a base de uvas, un umbral de mejería térmica: nos comenzábamos a calentar.

Adentro de una Estructura Helada (de un Sistema Frío), cada tanto, unos solitarios proyectan películas en la pantalla de la noche, con títulos a veces fuertes y misteriosos como Armagedón en cámara lenta, a veces tiernos o cursis como Calor Humano. Nos retiramos de local, el recital ha terminado. Cruzamos una avenida desierta, comienza a decender la temperatura, nos perdemos en una calle.

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